ampharou

martes, mayo 29, 2007

Relatos.


Pero esas extrañas palabras me causaron una enorme impresión. No dejaba de pensar en ellas; sólo después de muchas y variadas relaciones con los hombres comprendí por fin el significado que les atribuían. Esto es lo que quieren decir: en la vida los hombres no se guían por los hechos, sino por las palabras. Aprecian no tanto la posibilidad de hacer o no hacer algo como la posibilidad de referirse a diversos objetos con palabras convencionales. Esas palabras, que entre ellos se consideran muy importantes, son «mío» y «mía», y las aplican a toda clase de cosas, animadas e inanimadas; incluso a la tierra, a los hombres y a los caballos. Han convenido que de un objeto determinado una sola persona pueda decir: «es mío». Según ese juego que se estila entre ellos, quien está en condiciones de decir «mío» a un mayor número de cosas, se considera la persona más feliz. Desconozco la razón de todo eso. Durante mucho tiempo he tratado de explicarme esa situación suponiendo que de ella se derivaba alguna ventaja directa, pero esa interpretación se ha revelado equivocada.

Por ejemplo, muchas personas que me consideraban de su propiedad ni siquiera me montaban; lo hacían otros. No eran ellos quienes me daban de comer, sino otros. Tampoco eran ellos quienes me cuidaban, sino los cocheros, los albéitares y, en general, personas ajenas. Más tarde, cuando ensanché el círculo de mis observaciones, me convencí de que ese concepto de propiedad no tenía ningún otro fundamento que un bajo instinto animal que ellos llaman sentido o derecho de propiedad, y no sólo con respecto a nosotros, los caballos. El hombre dice «mi casa», pero nunca vive en ella; tan sólo se preocupa de su construcción y de su mantenimiento. El comerciante dice «mi tienda» o «mi pañería», por ejemplo, y el paño de sus prendas es peor que el que vende en la tienda. Hay gente que considera suya una parcela de tierra que nunca ha visto ni pisado. Hay gente que llama suyos a hombres que jamás ha visto; y toda su relación con ellos consiste en hacerles daño. Hay hombres que llaman suyas a algunas mujeres, pero esas mujeres viven con otros hombres. En la vida los hombres no se preocupan de hacer el bien, sino de poder llamar suyas al mayor número de cosas.

Jolstomer (historia de un caballo), de Lev N. Tolstói.
pensado por ana at 10:02 p. m. 3 han dicho

martes, mayo 22, 2007

Constipado.


¿biquini o chubasquero?

¿botas o sandalias?

¿paraguas o sombrilla?

¿chimenea o abanico?

¿playa o montaña?

¿frío o calor?

Y mientras me decido, aquí estoy, con un martillo neumático interpretando la cabalgata de las valkirias directamente en mis sienes, la nariz como las fuentes del Nilo y la mismísima puerta del infierno alojada en mi garganta.

pensado por ana at 1:54 p. m. 12 han dicho

lunes, mayo 14, 2007

Luzhin.


Muchos años después, en un inesperado período de lucidez y de encantamiento, recordó con pasmoso deleite aquellas horas de lectura en la terraza, amenizadas por los sonidos del jardín. Aquel recuerdo estaba impregnado de sol y del dulce sabor a tinta de los palitos de regaliz, que la institutriz solía cortar a trocitos con su cortaplumas para persuadirlo después de que se los pusiera bajo la lengua. Y las tachuelas que una vez colocó en el asiento de mimbre destinado a recibir con vigorosos y destemplados crujidos el obeso trasero de aquélla resultaban, al mirar hacia atrás, equivalentes al sol y a los murmullos del jardín y al mosquito aferrado a su rodilla pelada que levantaba feliz su abdomen cada vez más sonrosado. Un chico de diez años conoce bien sus rodillas, las conoce con todo lujo de detalles... el picor de la roncha que se ha rascado hasta sangrar, los trazos blancos dejados por sus uñas en la piel tostada por el sol y todos esos arañazos que llevan la firma de los granos de arena, los guijarros y las ramas punzantes. El mosquito podía escapar, esquivando su palmada; la institutriz le pediría que no la interrumpiera; en un frenesí de concentración, descubriendo su dentadura irregular, que un dentista de San Petersburgo había circundado con un alambre de platino, y agachando la cabeza con su coronilla en espiral, se dedicó a rascar y a arañar la picadura con los cinco dedos. Lentamente, con creciente horror, la institutriz se inclinaba hacia el abierto cuaderno de dibujo, hacia aquella increíble caricatura.

La Defensa, Vladimir Nabokov.
La imagen, Nicholas Hurt, de
Stuart Pearson Wright.

Y yo... yo quiero escribir así.


pensado por ana at 10:26 p. m. 8 han dicho

lunes, mayo 07, 2007

Comunicado.


En atención al inusitado interés provocado, manifestado en la profusión de correos, llamadas y mensajes interesándose por el devenir de mi muy querida toalla amarilla, me place comunicar a los asiduos visitantes de esta mi humilde morada que en días pasados, más concretamente el día primero del mes corriente, festividad de san José obrero, el mencionado y afelpado paño fue pescado por la vecina del tercero. Y digo pescado porque, efectivamente, como arma de rescate la citada vecina tuvo la felicísima idea de utilizar un anzuelo, el cual, convenientemente atado a un cabo y trabada su punta con un corcho para no provocar daño alguno en la gualda prenda, fue descolgado hasta el segundo piso y, con inefable pulso, deslizado hasta la posición correcta, lo que permitió que fuera izada la toalla sana y salva y devuelta al hogar, donde, desde entonces, ha recibido terapia intensiva de suavizante a fin de paliar los efectos negativos que tantas jornadas a la intemperie han causado al tejido.

pensado por ana at 9:26 p. m. 13 han dicho

miércoles, mayo 02, 2007

Mayo...


… o eso dicen estas dos señoritas que me observan desde mi calendario.

Otra cosa es mirar por la ventana y contemplar el paisaje de paraguas vueltos y hojas y ramas derramadas por los suelos.
pensado por ana at 1:27 p. m. 6 han dicho

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