ampharou

viernes, marzo 30, 2007

Semana Santa.

La mía, más que santa, será divina.

pensado por ana at 2:00 p. m. 7 han dicho

miércoles, marzo 28, 2007

Calor.


El invierno se alarga demasiado, robándole días a una tímida primavera, y ya puedo oír a mis pobres huesos, pidiéndome a gritos, un poco de sol.

Sólo piden clemencia y algo de calor.

Ilustración y texto de “Los Cuentos de la Energía” del Doctor Cohainio (1889), desde http://blogs.ya.com/pindiar1889/

pensado por ana at 10:18 p. m. 5 han dicho

lunes, marzo 26, 2007

Primavera.


Lo siento. No he sido capaz. Por más que lo he intentado, por más que me he devanado los sesos buscando la solución, no ha podido ser.

He probado con el Evoca, con el Youtube, con los vídeos de Google y con Metacafé. He tanteado también el Caspost, pero nada.

Quizá es que yo soy muy torpe. O quizá es que realmente es imposible, no lo sé.

Pero me tendréis que perdonar. No he logrado traer hasta aquí el olor de la lluvia, el olor de esta primavera que no acaba de llegar. No sé cómo hacer para que podáis percibir, como yo esta mañana, el aroma de la tierra mojada mezclada con la sal del mar.

pensado por ana at 4:21 p. m. 5 han dicho

lunes, marzo 19, 2007

Lunes.


Si no existiesen los lunes,
odiaría los martes.

pensado por ana at 8:12 a. m. 7 han dicho

jueves, marzo 15, 2007

Arena.


Tengo una noche de verano prometida, cuando ya no sea el tiempo de los aeropuertos, en la que bajar contigo a la playa y, quitándome las sandalias, hundir mis pies en la arena mojada mientras te beso y te beso.

En esa noche de luna prometida, en la que ya no será el tiempo de las estaciones, descorcharemos una botella por todo lo que nos queda por vivir.

Cuando llegue esa noche prometida y ya no sea el tiempo de las despedidas, sacudiré la arena de mis pies de camino a casa, mientras vamos encendiendo todas las velas que nos encontremos por el camino, en alabanza a nosotros mismos.

Pero todavía es el tiempo de los aviones y los trenes, de las lágrimas y los reencuentros. Todavía no es verano ni hay luna. Y la arena que siento pegada a mis piernas pesa, al menos, mil kilómetros.

pensado por ana at 9:30 p. m. 3 han dicho

jueves, marzo 08, 2007

Juegos.

No era la niña más popular del colegio, ni siquiera de su clase. Aunque en casa era traviesa –un trasto, según su madre-, fuera se mostraba tímida y dócil. O eso parecía, a ojos de los extraños, su naturaleza observadora. Quizá por ello, sumado a que sus hermanas eran o demasiado mayor o demasiado pequeña como para entender sus juegos, casi siempre estaba sola. Eso, lejos de molestarla, casi le gustaba. Había hecho de su imaginación la mejor de las compañeras de juego, y la mayoría de las veces le bastaban unos trapos comprados en un baratillo para convertirse en princesa, un frigo sustituido por uno nuevo en espera a ser desalojado para tener una cueva llena de tesoros y una caja de botones para pasar la tarde inventándole historias a una familia que vivía en la máquina de coser.

Se había especializado en encontrar figuras ocultas en el dibujo de las cortinas o en las piedrecitas del terrazo del suelo de su casa, pero sin dudas, el juego con el que más disfrutaba, al que más se entregaba, era al de no existir.

Lo practicaba cada vez que la dejaban, las mañanas de los sábados porque sabía que su madre la dejaría estar un rato más en la cama, sin las prisas por llegar tarde al colegio; o las tardes que podía colarse en el salón, que estaba siempre cerrado y reservado a las visitas, mientras mamá cosía en la habitación contigua. Entonces se tendía, cómodamente, e intentaba imaginar cómo sería si no estuviera allí. Cerraba sus enormes ojos verdes y trataba casi de no respirar, pero siempre había algo, algún ruido, que terminaba interrumpiendo el juego.

Le gustaba probarlo, sobre todo, en las tardes de verano cuando ya apenas quedaba nadie en la playa. Entonces se quedaba flotando en el mar y la sensación rozaba la perfección de lo que debe ser no estar: se sentía ligera, el cabello ondeándole alrededor, suavemente mecida por la marea baja y los pocos sonidos que le llegaban estaban tan atenuados por el agua que eran casi imperceptibles.

Creció. Cambió de amigos, de casa, de aficiones. Todas menos esa. De vez en cuando se permitía el lujo de llenar la bañera (lujo de agua y de tiempo) y se quedaba largo rato sumergida en el agua caliente, casi a oscuras. O se dejaba estar en la cama cuando despertaba los fines de semana, inmóvil, procurando alejar cualquier pensamiento que pudiera entretenerla, centrándose sólo en apenas respirar, en apenas latir, en no sentir frío ni calor. Cada vez le parecía que estaba más cerca. Consiguió que no la perturbaran los ruidos y relajar de tal forma cada uno de sus músculos que era como si no le pertenecieran. Y cada vez le costaba más reaccionar y salir de aquel estado. Cada día que lo intentaba el juego se tornaba más perfecto.

Siempre fue una chica rara. Tan callada, solo observando. Un día lo dejó todo y se marchó, sin decir siquiera donde.

pensado por ana at 10:59 p. m. 8 han dicho

sábado, marzo 03, 2007

Con la iglesia hemos topado...


No soy yo mucho de ir a la iglesia. Casi exclusivamente en BBC (bodas, bautizos y comuniones, como los servicios de catering), y aún así, con reservas. Por ejemplo, en la última boda, una vez satisfecha la curiosidad inicial de asistir a una misa en catalán, para lo que me bastaron exactamente siete minutos y veinticuatro segundos, optamos por hacerles sitio a otros invitados y seguir la boda al más puro estilo Hannover, es decir, en un bar que estuviera lo suficientemente alejado como para pasar desapercibidos, pero no tanto como para no encontrarnos allí a un buen número de alérgicos a los sermones.

Esta semana volví, para, quizá, la única ceremonia en la que me quedo hasta el final no por devoción, sino por simple respeto a la familia. Pero claro, pasa que con la iglesia me ocurre lo que con los zapatos de tacón, que una vez que estoy dentro de ellos y he avanzado unos pasos, recuerdo por qué no me los pongo más a menudo: aprietan e incomodan. La incomodidad vino esta vez de mano del señor que ayudaba al sacerdote en la misa. En las prerrogativas (sí, eso en lo que el orador dice una frase y la parroquia responde con un murmullo indescifrable), lo segundo por lo que teníamos que rogar todos era, literalmente, por los musulmanes, para que encuentren el camino hacia Dios y sean felices en él. Lo oí, mi mandíbula se desplazó exageradamente hacia abajo y miré a mi alrededor buscando muestras de que alguien hubiese oído lo mismo que yo. Nada. Sólo el bisbiseo traducible por ‘señor, óyenos’. ¿Cómo que señor, óyenos? ¿Seguimos en las Cruzadas persiguiendo al infiel o es simplemente una campaña de captación de clientes, perdón, de creyentes? ¿No es eso competencia desleal? ¿Y por qué sólo los musulmanes? Digo yo que los pobres budistas, sintoístas y hasta los cienciológicos también tendrán derecho a que roguemos por su encuentro del camino y su felicidad. ¿Rogarán también los musulmanes para que los católicos encuentren el camino a Alá y sean felices en él?

En fin...

pensado por ana at 1:50 p. m. 13 han dicho

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