ampharou

martes, abril 24, 2007

De compras.

A pesar de la caminata. A pesar de la peregrinación. A pesar de todas las tiendas visitadas. A pesar de las colas. A pesar de los incómodos probadores.

A pesar de la gente maleducada. A pesar de que no he sido capaz de encontrar nada que me quede bien. A pesar de llegar a casa derrotada. A pesar de los pesares, me ha encantado pasar de esta tarde de tiendas

Al final, va a resultar que no es tan malo ir de compras con una adolescente.

pensado por ana at 12:33 a. m. 9 han dicho

domingo, abril 22, 2007

Mi toalla amarilla.


Cerca de donde vivo han abierto una de esas franquicias de «todo para el hogar» donde puedes encontrar desde un salero hasta una librería de diseño, todo ello pensado para que, por un módico precio, puedas tener una casa como las que aparecen en las revistas.

Antes de navidad, además de otras fruslerías, me hice con dos enormes toallas de baño. Y eran tan suaves y confortables, como lavadas con Perlán, que en las rebajas de enero compré otras dos, a fin de ir jubilando, por pura decrepitud, las que me habían regalado y compusieron mi ajuar.

De éstas últimas, y tras su segundo lavado (el primero, como mandan los cánones, sin haberlas usado, por mor de quitarles la pelusilla y no parecer un muppet al secarme con ellas), tuve la fortuna –mala- de tenderlas un día que se desató un temporal sin que estuviese yo en casa presta para ir a rescatarlas.

Quiso el azar –y el viento- que mi toalla nuevecita y amarilla se soltase de las pinzas que la sujetaban a mi tendedero y fuese a dar con su felpa en el de la vecina del segundo. Durante dos días peregriné en varias ocasiones hasta su puerta, a distintas horas. Me asomaba de tanto en tanto, tanto para comprobar que la toalla seguía allí y no se había precipitado al patio como por ver si vislumbraba alguna luz que me diera noción de que mi vecina había vuelto a casa. Nada. Así que decidí ir a preguntar a la vecina del tercero, la más cotilla entre todas las cotillas que pueblan el edificio, a ver si me daba norte de la actual depositaria de mi toalla. Y vaya si me lo dio. Resulta que la chica, que trabaja en Sevilla, hace algún tiempo se trasladó a vivir allí y tan solo aparece por Cádiz algún que otro fin de semana.

Mi gozo en un pozo, y mi toalla, condenada a pasar el resto de sus días colgada de un tendedero. Porque allí sigue, desde hace más de dos meses. En ese tiempo, ha hecho sol, ha llovido, venteado, venteado mucho más, incluso granizado, pero nada ha hecho que se suelte de esas cuerdas que recorre en una dirección u otra, según el aire que sople y caiga al patio de donde podría rescatarla.

Cuando tiendo (afianzando bien las prendas con las pinzas, eso sí), la miro. Y parece que saluda, la muy okupa.

Si algún día la recupero, estará hecha unos zorros. Ella se lo ha buscado, que entre cuatro tendederos y un patio a los que caer, fue a elegir el único sitio donde no podía echarle el guante. Así que, seguramente, terminará su vida toallil como cama de dos gatos.

pensado por ana at 11:13 p. m. 2 han dicho

viernes, abril 20, 2007

Calendario.


Veintisiete y dieciocho. Uno y veintidós.
Maderas en medio del temporal, islas contra la desidia, aire que hincha las velas en un mar calmo.
Días de sol en pleno invierno, abrazo en la fatiga, vacaciones.
Tú y yo.
pensado por ana at 11:16 a. m. 3 han dicho

lunes, abril 16, 2007

Insomnio.

Una de las terapias que utilizo cuando el insomnio hace aparición y sé que el despertador, inexorable, aullará a las siete de la mañana es redecorar mi casa. Imaginar cómo redecorarla, claro, que a esas horas sólo es adecuado hacer ruido si pretendes que los vecinos te destierren del edificio.

Así, esta noche, me imaginé con ropa de faena adecuada para darle una mano de pintura al piso. Y en ello estaba, en medio del pasillo, haciendo pruebas de color para decidir si quedaría mejor el gris nube, el arena o el albero cuando, a fuerza de que no llegara el sueño, empezaron a acudir los recuerdos.

Y recordé un pasillo verde césped y a una niña rubia corriendo por él. Recordé la entrada de la casa, con su cama mueble siempre cerrada y su espejo, y la figura de escayola de una mujer negra con una vasija en la cabeza a la que le disimulábamos los sucesivos desconchones con betún.

Recordé la goleta española que hizo mi primo, el jarrón decorado con tiznones de humo y el camino de mesa de crochet y flores de terciopelo.

Recordé la capilla de la Macarena simulando un balcón, con sus dos macetitas verdes y sus rosas amarillas y rosas.

Recordé los visillos de las ventanas, con sus líneas de colores desvaídos. Y el olor a cristasol. Y la luz.

Y al final conseguí dormir. Sigo sin saber de qué color pintar mi casa.

La imagen, de Nicoletta.

pensado por ana at 9:56 p. m. 4 han dicho

sábado, abril 14, 2007

Casualidades.


No suelo desayunar en esa cafetería. Primero, porque es la que está más alejada en la zona donde trabajo. Segundo, porque tienen un servicio horriblemente malo y tercero, porque es un espacio sin humo y, cuando desayuno sola, cosa que ocurre habitualmente, no concibo un café sin un libro y un cigarro.

Pero el otro día L. me convenció para ir. Cuando ya estábamos sentadas, cerca de la entrada, esperando –interminablemente- a que nos atendieran y enfrascadas en conversación y risas, vi aparecer una cara conocida. Era P., el chico por el que bebí los vientos en segundo de BUP. P., en ese curso de instituto, se sentaba delante de mí, salvo en clase de literatura, ya que en ella me pasé más de medio curso castigada ocupando una mesa que, durante esa hora, se situaba junto a la del profesor, aunque creo que el castigo provenía más de la mente enfermiza del profesor que de mi actitud díscola en esa asignatura.

P. no era ni el chico más guapo ni el más resultón del curso. Me gustaba, más que nada, porque era el único sensato en el caos de hormonas que son los quince años.

Después de aquel curso dejamos de ser compañeros. Él, por méritos propios, cogió la opción de ciencias. Yo por simple ineptitud hacia éstas y puro descarte, me fui por letras puras. Cuando dejamos el instituto nos perdimos la pista y en todos estos años, y aunque parezca mentira en una ciudad tan pequeña como es Cádiz, nos hemos encontrado, por casualidad, a lo sumo dos o tres veces, ocasiones en las que nos hemos alegrado de vernos y nos hemos contado nuestras vidas en apenas cuatro frases.

El otro día no fue una excepción, aunque sí una absoluta coincidencia: él no trabaja por aquella zona, ni siquiera en esta ciudad, pero había hecho una pequeña escapada para desayunar con su mujer.

Ojos como platos al encontrarnos, dos besos y, a pesar de las pequeñas pinceladas intercambiadas de nuestros presentes, una rápida vuelta a los quince años.

Estás igual que siempre, una mentira que te alegra el día. Risas. No mientas, estoy más vieja.

No. Estás igual que entonces.

pensado por ana at 1:42 p. m. 4 han dicho

miércoles, abril 11, 2007

Palomas.


Odio a las aves.

Y desde hace algún tiempo se me ha instalado en el costado un nido de palomas abandonadas que hambrientas picotean los despojos de mis pobres huesos.

Definitivamente, odio a las aves.

La imagen, Mujer con palomas, de Cristóbal Toral.

pensado por ana at 8:30 a. m. 7 han dicho

miércoles, abril 04, 2007

Besos.


Da igual el día que haga.
Da igual lo que te pongas.
Si al salir de casa ya llevas un beso prendido de los labios, el día siempre será azul.
pensado por ana at 1:19 p. m. 7 han dicho

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