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viernes, septiembre 29, 2006

Puntos de vista.

«Sigue sin parecerme tan feo». Desnuda, tumbada bocabajo en aquella cama improvisada, revoltillo de sábanas desparejadas, dejaba volar la mirada por el paisaje que le ofrecía el balcón de la atalaya rosa: una maraña de tejados rojizos en primer plano, los edificios más altos de la parte nueva, todo ello enmarcado por la montaña y envueltos como para regalo en los velos de la luz plomiza que daba un cielo a punto de derrumbarse.

Hacía poco que se había despertado de la siesta de un domingo que nació con vocación de sábado, y mezclaba el sopor del sueño con el humo del cigarro recién encendido. Había despertado y él no estaba a su lado, pero los ruidos que le llegaban desde la cocina le hacían presagiar, con sumo gusto, que aquella tarde de no hacer nada se iba a prolongar, entre risas, tés de bergamota y charlas de todos y nadas, hasta una noche de hacer menos sólo para dos.

Apoyó la cabeza contra la mano, ladeándola, en un intento de comprobar si el cambio de postura suponía una merma de dioptrías que le hicieran percibir la imagen de aquel pueblo como le contaban sus moradores. «Es el pueblo más feo del mundo», le había dicho él y le habían repetido entre risas, como haciendo frente común, aquéllos a los que había ido conociendo en los últimos meses. Sin embargo, a ella, a medida que lo iba conociendo más, a medida que iba aprendiéndose cada esquina y cada portal, le iba pareciendo más entrañable y más acogedor.

Llegó a una conclusión: debe ser cuestión de puntos de vista. Ella se había acercado a aquel lugar llena de ilusión, en el deseo de aprehenderse para sí misma todo lo que a él rodeaba, de instalarse un poco en su día a día. Ese era el lugar por donde él se movía, las calles y las personas que lo saludaban cada mañana, los olores que él olía, los colores que veía y la luz que hasta él llegaba. Y ella quería conocerlos, en una forma de hacer real su norte, de vivirlo desde su sur.

Todo depende del cristal con que se mire, sentenció con palabras tan manidas, y ella, que nunca se supo hermosa, podía dar clases sobre ello, porque ahora le bastaba sentir la mano de él apoyada en su cadera para que todo su cuerpo fuera pura piel de melocotón y con solo reflejarse en aquellos ojos pardos los suyos reflejaban todas las estrellas de una noche de verano.

Seguía así, bocabajo, desnuda, fumando y perdidos los pensamientos, como si fueran gatos, por aquellos tejados rojizos cuando él la sorprendió, dándole los buenos días en aquella inmensa tarde, apoyando su mano justo donde era más prominente la curva de su cadera. Ella, suave como un armiño, se volvió y sonriéndole le dijo «Pues a mí me parece hermoso».


pensado por ana at 4:05 p. m. 7 han dicho

miércoles, septiembre 27, 2006

Lecciones.

El vencejo es un ave insectívora. Es lo que recuerdo como primera lección que tuve que estudiar en algún mes de invierno de mis seis o siete años. Atrás había quedado el sapo y la jirafa que me habían enseñado los secretos de la ‘ese’ y la ‘jota’ respectivamente. Esto era ya estudiar en serio. Pero ahora sólo soy capaz de recordar esa frase. Y el dibujo que acompañaba al texto, apenas tres o cuatro líneas, un pájaro pardusco que daba de comer a un pollito. Lo que sí recuerdo perfectamente es la luz del cuarto de coser donde leía el pequeño párrafo intentando introducirlo en mi mente mientras mi madre se afanaba en la Alfa. El libro de naturales. Cuando mi padre comprobó que sabía recitar sin ni siquiera tartamudear aquellas cuatro frases, cerró el libro y me contó todo lo que éste no decía: que el vencejo es un ave insectívora, sí, pero que para comer vuela con la boca abierta y se alimenta de lo que va encontrando. Y que se alimenta así, en pleno vuelo, porque los vencejos nunca toman tierra. Si uno de ellos cayera al suelo, no sería capaz por sus propios medios de volver a alzar el vuelo. Así me tuvo un rato, fascinada con las costumbres de aquel pajarillo condenado a volar sin descanso, que grita como los locos en los atardeceres de la primavera y el verano.

Por aquellos entonces también se me quedó atravesada la tabla del siete como una espina en la garganta de un gato. Tan fácil la del dos, tan redonda la del cinco y tan endemoniadamente complicado ese siete. La escribía y la rescribía, mas cuando intentaba hacerlo de memoria, ésta jugaba al escondite conmigo y solo me dejaba una maraña de cuarenta y nueves, veintiochos y sesenta y tres que yo no era capaz de poner en el sitio correcto. Así que por unos días, mis saludos y mis buenas noches en casa se trocaron por temidos ¿siete por nueve? o ¿siete por tres? que debía responder sin pestañear. Así, con la perseverancia de mis padres y con el viejo apaño de darle la vuelta a la pregunta, mi familia consiguió que repitiese, de corrido, la dichosa tabla.

Luego llegaron muchas lecciones más. Mis padres primero, hasta donde sus propias letras llegaron, mi hermana mayor después son los protagonistas de los recuerdos de mis años de colegio. Todos ellos se agolparon en la tarde de ayer: otro cuarto de coser, telas por medio, las tornas que se vuelven y ahora soy yo la que le explica los secretos de la multiplicación con decimales a mi madre, que no termina de entenderse con su nuevo profesor de matemáticas. Pero es ella la que más sigue enseñando, de la que yo intento aprender. No de costura, que ahí ya me dio por imposible hace tiempo. Lecciones de cariño, de la que es auténtica maestra.


pensado por ana at 5:14 p. m. 12 han dicho

viernes, septiembre 22, 2006

Sobre los acantilados de mármol.


Todos vosotros conocéis la profunda melancolía que nos sobrecoge al recordar los tiempos felices. Esos tiempos que se han alejado para no volver más y de los cuales estamos más implacablemente separados que por cualquier distancia. Y las imágenes de la vida son más seductoras todavía vistas en el reflejo que nos dejan, y pensamos en ellas como en el cuerpo de una amada difunta que reposara bajo tierra y que de pronto se nos apareciera, como un luminoso espejismo. Una y otra vez nos entregamos a nuestros sedientos ensueños y tratamos de revivir el pasado, deteniéndonos ante cada uno de sus pormenores y de sus detalles. y cuando tal hacemos nos parece que nunca hemos sabido apurar las posibilidades de la vida y del amor, pero nuestro arrepentimiento no puede hacer emerger lo que en definitiva se ha hundido para siempre en la nada. ¡Ojalá que este sentimiento fuera una lección que pudiéramos tener presente en cada momento de felicidad!

Y el recuerdo es todavía más dulce cuando se refiere a unos años de felicidad que terminaron de una manera súbita, inopinadamente. Únicamente entonces nos percatamos de que para nosotros, los humanos, ya es una suerte vivir en nuestras pequeñas comunidades, bajo un techo apacible, gozando de amables conversaciones y siendo cariñosamente saludados por la mañana y por la noche. Pero, ¡ah!, siempre es demasiado tarde cuando nos percatamos de que con todo ello el cuerno de la abundancia se volcó generosamente sobre nosotros.

Ernst Jünger, Sobre los acantilados de mármol.

pensado por ana at 8:07 a. m. 12 han dicho

miércoles, septiembre 20, 2006

Reverso I.


Decidir sobre si comprar aquellos zapatos de maravilloso tacón la había entretenido demasiado, así que cuando llegó a la cafetería donde la esperaban, con su trofeo dentro de una bolsa fucsia, se disculpó al tiempo de darse cuenta, por las últimas palabras pilladas al vuelo, de que la conversación había llegado demasiado lejos y ella, como siempre, demasiado tarde.
El contertulio ya debía sentirse lo suficientemente azorado por los derroteros de confesión que iba tomando la charla, así que casi agradeció la sonrisa fingida de ella, cuando, al sentarse y tras pedir un café, preguntó si se había perdido algo. Dio una excusa vaga, adivinando que era el momento perfecto para dejarlos solos. Pintaban nubes negras en el horizonte y era mejor que la tormenta lo sorprendiera en otro lado.
Y no andaba muy descaminado. Su salida provocó el interrogatorio, inútil por otro lado, al conocer ella de antemano cada una de las respuestas. Y éstas dispararon a su vez el monólogo de reproches encadenados que le espetó a continuación.
Se habrá quedado a gusto, pensaría él, sin poder separar todavía la vista del fondo de su taza ya vacía.
Nunca más, pensaba ella, escondiendo las manos bajo la mesa para clavarse las uñas en las palmas delicadas, en una mezcla de rabia e intento de justicia poética que le infringiese el mismo dolor que acababa de generar con sus palabras.
Lo sabía. A las buenas, muy buena, pero a las malas, la peor. Quizá había sido demasiado dura, pero a sus casi cuarenta se sentía tremendamente cansada como para seguir levantando cadáveres. Los años la habían hecho perra vieja. Hubo un tiempo en que ella también había sido demasiado confiada. También había buscado, cuando la ocasión lo había requerido, consuelo en otros oídos. También había añorado la comprensión con la que a veces se disfraza la lástima, y había visto a muchos caer en ese mismo error como para no reconocerlo. Había derramado demasiadas lágrimas recogiendo los suficientes despojos, propios y ajenos, como para permitir que sucediera otra vez. Y menos a él.
Vestía aquella cautela de celos. Celos de su intimidad, celos de ese compromiso tácito que la unía a él desde que supo quererlo. Prefería que así lo creyera si aquel halago a su ego lo hacía reaccionar. Pero no, no era ese el sentimiento. Esta loba buscaba otro fin. Sólo se puede sentir celos de lo que se tiene por propio, y ella a él solamente lo amaba.
pensado por ana at 11:48 a. m. 10 han dicho

lunes, septiembre 18, 2006

Mal día.


Toda la pena negra se le deslizaba por las mejillas y la nariz, incapaz ya de contener tanto desconsuelo, le goteaba constantemente. ¿Por qué le había hecho eso? ¿Por qué la había dejado allí abandonada? Había pasado toda su vida pegada a ella, adorándola, y así se lo pagaba. ¿Qué era lo que había hecho mal? ¿Cuál había sido su falta, tan grande como para recibir aquel pago? No podía ni imaginarlo, mientras seguía asida a aquella reja, con la mirada perdida en aquel punto por donde la había visto desaparecer. «Vendré a por ti», le dijo antes de marcharse, pero ¿debía creerla? Ya no estaba segura. Al fin y al cabo, le había mentido aquella misma mañana, cuando, tras el amoroso despertar que le regalaba todos los días, le había dicho «hoy vamos a ir a un sitio precioso en el que lo vas a pasar muy bien». Y allí estaba ahora, rodeada de otros que lloraban su mismo pesar, con el mismo corazón encogido que ella. Tal era su angustia que no se dio cuenta de que una de aquellas mujeres con bata blanca se le acercaba. Gritó, pataleó y se cogió aún con más fuerza a la reja. No podía, no debía separarse de allí. Por si volvía, le había dicho que lo haría.

La señora de blanco, no sin esfuerzo, consiguió que se soltara. La cogió dulcemente en brazos y, entrando en la enorme clase en la que Winnie the Pooh las miraba incesantemente desde todas las coloridas paredes, le iba diciendo tranquilamente «No llores, Martita, preciosa, verás como tu mamá vuelve enseguida».


pensado por ana at 11:02 p. m. 13 han dicho

viernes, septiembre 15, 2006

Encuentro.


Vale, no me mires así. Ya sé que no es el sitio más apropiado. Y tienes razón, aquí de pie es bastante incómodo con este movimiento. Pero en las películas lo hacen, ¡y les sale tan bien! Claro que ahí pueden cortar las escenas, y aquí, los veinte minutos que dura, es en un solo plano.

¡Que no me pongas esa cara! Aun con las piernas abiertas no consigo mantener del todo el equilibrio, ya ves que tengo las manos ocupadas y no, no pienso soltarlo. Este es el único momento en que puedo disfrutarlo y no voy a privarme de ello. Además, este calor. Y tanta gente. Pero ya estoy casi terminando y ahora es cuando viene lo mejor.

No. Ahora lo que viene es mi parada. Pues nada, no ha sido un placer en absoluto viajar contigo. Sí, ya sé que te he molestado con mi libro, quizá no tanto como tú a mí con tu mochila. Debes ser de los que preguntan que si tan temprano y ya leyendo. Pues mañana, si coincidimos, volverás a verme con un libro, éste u otro. Sólo espero que el autobús no esté tan lleno que volvamos a tener que reñir por llenar el espacio sobrante con libro o con mochila.


pensado por ana at 11:53 p. m. 14 han dicho

miércoles, septiembre 13, 2006

Esa película.






No, no voy a hacer crónica ni crítica que esa es labor de Malatesta por ser parte interesada. Tan solo colgar, para vuestro deleite (y aprovechando que he aprendido a hacerlo) lo que, sin duda, más me sorprendió de la película. Y eso que en el extenso metraje hay cosas para sorprender.

Ni spoilers ni nada, que no soy yo de ir reventando películas. Sólo un trocito de la banda sonora (que la SGAE me pille confesada) y una duda: ¿qué banda será la primera en ponerla en la calle la próxima primavera sin tener que poner una pica en Flandes?


pensado por ana at 9:59 p. m. 8 han dicho

viernes, septiembre 08, 2006

Cicatrices.


Hay heridas que matan y hay heridas que duelen. Hay heridas que son de puro trámite, molestan como el corte que produce un papel en un dedo, es decir, sólo el momento en el que te das cuenta de que te lo has hecho, en el que escuece un poco, pero nada más. No dejan siquiera una pequeña marca sobre la piel, ni el más mínimo recuerdo de dónde un día estuvieron.

Hay heridas un poco más profundas. Heridas que dejan una señal que se va atenuando con el tiempo. Incluso llega el día en que te la redescubres en ese trocito de piel al que no le echas cuenta y ni siquiera recuerdas cómo te lo hiciste.

También hay heridas grandes, profundas, que dejan cicatrices intensas. Cicatrices de las que has tenido que pasar un periodo de convalecencia y que vuelven a doler en cada tormenta. Son el rastro de lo vivido, de las guerras particulares. Si hurgas en ellas demasiado, nunca acabarán de desaparecer. Muy al contrario, enraizarán en nosotros como una terrible mueca que no hará más que recordarnos de por vida las lides que perdimos. No valdrá de nada maquillarlas: que no se vean no significa que no existan.

Pero si no les da el sol demasiado, con el tiempo quizá acaben por atenuarse, por volverse pálidas y planas, por casi desaparecer. Si cuidamos de que no vuelvan a abrirse, si le damos sólo la importancia que merecen, la cual irá disminuyendo con el tiempo, si las hacemos reposar lo necesario, lograremos que no duelan. Si dejamos que nos las curen, con mimo, con esmero, con el amor suficiente, por mucho que permanezcan, el recuerdo de lo sufrido llegará a ser sólo eso: un recuerdo.
Imagen: Les Cicatrices, de Fero Liptak.
pensado por ana at 2:17 p. m. 14 han dicho

martes, septiembre 05, 2006

Variaciones y desvaríos.

Sí, nena, sí… vale, vale, vale… Mierda, no, ahora no. ¿Por qué te tienes que despertar siempre en el mismo momento? Espera, no abras los ojos, quizá puedas continuar el sueño en el mismo punto. Nada, no funciona. En fin, veamos la situación: hoy es… sí, domingo, menos mal. Estás en tu cama, solo (mierda haberte despertado), así que no estarían mal un café y un cigarro, claro está, no necesariamente en ese orden. Para ello habrá que levantarse. Una mirada al despertador, puro adorno en día de asueto: ¡joder, qué temprano es, mierda haberte despertado, la nena no estaba nada mal!... pero bueno, ya está todo perdido, quizá la recuperes en la siesta. Ahora, necesidad acuciante de una soberana dosis de nicotina y cafeína y, bueno, la visita programada de todas las mañanas, esa que no entiende de domingos ni fiestas de guardar. Estirar un poco los músculos antes y ¡joder! Ese alfilerazo brusco en la cadera derecha te ha hecho recordar de repente ¿eh, querido? Te queda por pasar otro día de la forma más estúpida de estar en la cama: ni sueño (¿cómo, si acabas de despertar?) ni sexo (quizá luego, si vuelves a encontrar a la exuberante nena). Toca reposo. Maldita pierna, carcelera de domingo.

Pero un hombre debe hacer lo que tiene que hacer, ante eso no hay reposo que valga, excusa perfecta además para llenar la cafetera y recolectar todo aquello que pueda llenar mis horas al menos hasta el próximo deber ineludible, a saber, necesitamos la prensa… Olvídalo, muchacho, para eso estás a expensas de los buenos samaritanos, y sería bastante más fácil si alguien en Samaria supiera de tu desdicha. En fin, algo para picar, galletas estaría bien. A falta de poder leer los periódicos, algún libro de esos que guardan el sueño de los justos pacientemente para ser leídos. Dices siempre que no tienes tiempo: amigo, ahora tienes todo el del mundo.

No olvidar coger papel y lápiz. Buena oportunidad para estrenar el precioso lapicero blanco. Quizá los calmantes nos hagan de negro y consigamos escribir algo decente, quién sabe.

Espera, espera un momento. A ver… sí, quizá tengas fuerzas para arrastrar el sofá hasta la ventana. Siempre sería algo más divertido que permanecer en la cama, sin otra vista que esas tres paredes y la patética visión de ti mismo haciéndote muecas en el espejo. ¿Estás en tus cabales? ¿La ventana? ¿Te has creído que eres James Stewart? A ver, que la nena de hace un rato estaba buena, pero la princesa era la princesa. Además, de este patio lo más que puedes esperar es que alguna vecina metida en carnes tienda, refregándotelo en las narices, su toalla de propaganda y su bikini brasileño. Y dentro de un rato empezará a pegar el sol y ya no aguantarán aquí ni las chicharras.

Así que a la cama, aunque el dormitorio parezca un bunker después de un ataque nuclear. Ante todo, ser positivo: seguro que mañana estás mejor y te alegras. Seguro que incluso podrás caminar un rato, únicamente hay que seguir la pauta del reposo por hoy. Al fin y al cabo, ¿quién no ha soñado con poder disfrutar de un par de días de absoluta vagancia?

Jodida la vagancia cuando es por obligación, tan solo ha pasado una hora de este maldito domingo, es el quinto cigarrillo y la segunda taza de café. Has cerrado ya tres veces el libro sin pasar de la primera página y en un garabateado folio lo único legible es «Sí, nena, sí… vale, vale…»


pensado por ana at 6:36 p. m. 15 han dicho

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